
Idealización. Franck Noël.
El “Do”: Práctica hacia el ideal e idealización de la práctica.
Nuestro objetivo aquí no será el de desarrollar plenamente el estudio de las consecuencias que resultan del paso del “Jutsu” al “Do”, ni de evaluar en detalle la distancia que existe entre estas dos nociones (aunque esta distinción sea esencial para la comprensión de nuestra disciplina). Nos contentaremos, como introducción a la reflexión que sigue, en señalar una característica del “Do”.
El “Do” implica una perspectiva fuera de alcance, susceptible de motivar un caminar sin fin. El “Fuera de Alcance” es una necesidad del “Do”, que es una búsqueda hacia un ideal, hacia la perfección. Simultáneamente, predica el culto al momento, la presencia total en el instante presente y su valor irremplazable en el que sólo él es la realidad. La paradoja está servida, por lo tanto: Caminar por una perspectiva infinita prestando atención únicamente a cada uno de sus pasos.
Es coherente preguntarnos entonces: ¿Cómo hacer para que cada uno de los pasos se haga en la “buena” dirección? Y además, ¿Cómo hacer para que lo infinito de la perspectiva esté presente en cada uno de éstos pasos? La primera de estas preguntas nos la hacemos a menudo: ¿cómo hacer para progresar?, ¿cómo hacer para acercarse del ideal que tenemos en el punto de mira aunque sepamos que hay que olvidarse de la ambición de conseguirlo y aunque su definición no esté clara?
Sin embargo, la segunda pregunta la dejamos un poco de lado... Estamos tan preocupados por progresar y por proyectarnos en nuestras futuras habilidades que tenemos tendencia a dejar para más tarde el ocuparnos del momento presente.
El instante ideal
Cierto, este “instante ideal”, si se diera, no sería probablemente más que el ideal que la perspectiva nos promete y podríamos pensar que querer considerar este doble punto de vista es artificial. Pero también puede hacer que la reflexión se enriquezca y que las herramientas puestas a disposición se diversifiquen si adoptamos este doble foco.
Porque, pensándolo bien, está claro que la práctica y la enseñanza del Aikido funcionan como dos ejes (como coordenadas y abscisas) de la progresividad infinita por una parte, y de la unidad de tiempo finito por otra. De la progresión con el paso del tiempo en la disciplina, por un lado, y hacia el logro instantáneo de cada gesto, técnica, intercambio, clase, por el otro. O aún más, combinando el objetivo de construirnos como personas a largo plazo y la satisfacción de estar aquí y a hacer lo que estamos haciendo.
Nuestra disciplina se practica en la representación de un intercambio marcial. Pero es esta representación la que nos permite la experimentación y no el intercambio marcial en sí y debemos considerar por lo tanto, que tiene su valor por sí mismo y no solamente por lo que representa ni por aquello hacia lo que tiende: La realidad de esta representación vale más que la representación de la realidad.
Y, desde el punto de vista de lo vivido o sentido por parte del practicante y de su motivación, esta ambivalencia es quizá más clara aún: ¿Cómo pensar que el mero deseo o esperanza de progresar podría alimentar de manera duradera las ganas de practicar si no disfrutáramos en cada instante o en cada sesión? ¿Qué significa entonces “disfrutar”? Una respuesta viene de manera espontánea a nuestra mente: el placer. Pero, esta respuesta no es más que una ilusión porque ella misma es portadora de un sinfín de otras preguntas.
Constatemos en primer lugar que una especie de desconfianza o de duda se le ha adherido a una disciplina que se pretende marcial, que predica el rigor, la exigencia, el control, donde ciertas personas hablan a veces de sanción, de sobreponerse, de renunciar… características todas que pueden llevarnos a considerar la noción de placer como una culpable ligereza decadente. Este punto de vista es excesivo, por supuesto, porque (sin evocar los eventuales placeres sadomasoquistas, los cuales no podemos estar seguros que no estén poco o mucho unidos a la práctica marcial) hay un disfrute en el esfuerzo, en el compromiso, en la atención, en el hecho de sentirse progresar al mismo tiempo que rozamos nuestros límites.
Excesivo pero, sin embargo, interesante porque nos obliga a interrogarnos sobre la naturaleza específica del disfrute Aiki en relación con su perspectiva y su método. El Aikido, efectivamente, se reivindica como la exaltación de las fuerzas vivas, tanto del individuo por sí mismo como en el seno de su grupo y de su entorno. La presencia, la serenidad, la adaptabilidad, la fraternidad, son estos valores de referencia que no tienen nada de mortíferos y que no son para nada incompatibles con la noción de disfrute o, más bien, de placer.
Las nociones o valores de armonía, de naturalidad, de respeto, de benevolencia que a nosotros nos gusta nombrar y reivindicar deben, en tanto en cuanto se parezcan a la realidad, impregnar la atmósfera del Dojo y dar a vivir una experiencia eminentemente positiva a los participantes. He aquí lo que sería un lugar deseable para un Aikido ideal… que, por supuesto, no existe, pero al que debemos dar la oportunidad de existir por nuestro comportamiento, prestándole nuestros cuerpos y nuestras almas con el fin de que (por medio del baño en el que nos sumerjamos), nos haga beneficiarnos de sus virtudes. Porque, pensándolo bien, el único Aikido que existe es aquel que hacemos y del cual tenemos la total responsabilidad, para, en cada instante, hacer de él lo que merece ser.
Es necesario pues, no solamente practicarse hacia un ideal, sino también de idealizar su práctica para disfrutar de todo su potencial de beneficios. Es evidente que nos situamos aquí en la teoría, en lo abstracto, y hay que bajar un peldaño para intentar ver cómo asumir concretamente estos valores en la práctica, cómo hacerlos vivir para que irradien al practicante y participen en el placer de estar ahí y haciendo lo que hace.
Cómo hacer para idealizar la práctica y para que se imponga el realismo desde este punto de vista?
No podemos pretender ser exhaustivos para tratar esta cuestión bajo todos sus aspectos y con todos los matices y reflexiones que se debería. Nos contentaremos pues con evocar aquí uno solo: ¿Cómo puede participar Uke en esta idealización de la realidad del Dojo? El Uke ideal, en cada intercambio, propondría a su compañero un desafío que éste estaría capacitado para solventar, mejorando en cada una de las ocasiones sus habilidades y creando un momento en el cual se expresarían los principios y valores del Aikido. Pero, aún diciendo esto, no hemos dicho nada que podamos explotar directamente porque estamos aún en lo abstracto y global.
Mostrémonos más humildes aún limitando nuestro cuestionamiento a aquello que podemos llamar la lógica de los esquemas técnicos. Estos esquemas técnicos que nosotros repetimos a lo largo de nuestro recorrido corresponden, por supuesto, a situaciones particulares a las que damos su lógica precisa. Y privamos a la práctica de todo su sentido si queremos aplicar a cualquier precio estos esquemas en situaciones que no son las adecuadas. La primera razón de ser del Uke es la de crear una situación compatible con el trabajo propuesto, permitiendo así que éste trabajo se encarne. Pero podemos ir más lejos aún y considerar que a lo largo de todo el intercambio, su comportamiento tiene el objetivo de ilustrar la lógica del esquema al cual los dos protagonistas están prestando su cuerpo. Ilustrar esta lógica para comprenderla e impregnarse de ella, pero también, para disfrutar del instante y vivir un verdadero momento de Aikido.
Y al igual que Tori se esfuerza de hacer “correctamente” la técnica, Uke se esfuerza de ser su espejo. Intentar que la lógica técnica se exprese plenamente para poder experimentarla y que nos ilumine. Ejemplos? Ikkyo omote supone un Uke posicionado hacia adelante y está desprovisto de lógica y de sentido el intentar aplicar este esquema sobre un compañero que retrocede, que se gira o que huye. Para la serie de Ikkyo a Yonkyo los esquemas Omote y Ura corresponden a lógicas de posicionamiento relativo diferentes y, en un trabajo sistemático, el que Uke haga todo por posicionarse justamente al contrario de lo que indica el esquema requerido quita toda lógica al intercambio. Anticipar para rechazar un desequilibrio hace desaparecer la lógica del encadenamiento técnico. Anular un desequilibrio que hemos sufrido para luego caer de todas formas, es absurdo. Caer imponiendo su dirección de caída y no aquella inducida por la acción de Tori, no vale para nada. Hacer una caída manteniendo el cuerpo simétrico cuando toda técnica es por naturaleza asimétrica, es inadaptado… Porque no estamos aquí simplemente en el cuestionamiento de si esta o aquella técnica son factibles, de si ésta “funciona” o no. Estamos interrogándonos sobre las condiciones a cumplir para que se puedan expresar los principios y valores del Aikido (en el cual la lógica de las técnicas es a la vez la cristalización y el método de estudio) en la realidad del Dojo y para que de esta manera los participantes puedan impregnarse de ellos.
Todo esto es eminentemente concreto y va a guiar a Uke en una verdadera búsqueda puesto que es un trabajo completo que permitirá beneficiar y beneficiarse de la lógica técnica. Aquí debemos también tener en consideración los dos aspectos del problema: por un lado, la progresión (desarrollar las cualidades que van a permitirla); Y, por otra parte, el valor del momento (utilizar sus cualidades para optimizar la calidad del intercambio y disfrutar).
Para situarse en esta perspectiva se necesita un trabajo tanto físico como mental. Las palabras clave son presencia y disponibilidad y se tratará de salir de sus miedos, estereotipos u obsesiones para tender a una neutralidad que no es en absoluto pasividad. Globalmente, después de un impulso inicial claro, trataremos de ir en el sentido de la acción, de intentar que nuestro comportamiento sea la consecuencia lógica de las acciones de Tori, adoptando una reactividad coherente con el nivel, el ritmo y la intensidad del trabajo (ya que rara vez vamos “a tope”). Vivirlo como una especie de espejo que prestamos a Tori, que le permite evaluar en directo lo que está haciendo y que, como tal, necesita de la escucha máxima y lleva al cuerpo a fundirse en el movimiento sobrepasando sus bloqueos. Esta tentativa de neutralidad de Uke se consigue poniéndolo en paralelo con el objetivo de “Muishiki” (ausencia de intención) de Tori, puesto que las cualidades a utilizar para Uke son estrictamente las mismas que para Tori, confirmando, si así fuera necesario, el estatus intercambiable de los dos protagonistas.
Sin duda, es aceptando seguir, es decir, prestando su cuerpo a una lógica activa, que viviremos esta lógica desde el interior, y así conseguiremos comprenderla y, puntualmente, de tener los medios de la desbaratar (kaeshi waza). Pero, sobre todo, si dicha lógica es portadora de beneficios, es de esta manera que pondremos los medios para obtenerlos. Por el contrario, negarla, poner a Tori en la obligación de hacer una técnica inesperada, forzando (cierto, él debe adaptarse y variar, pero, ¿tiene siempre los medios y el nivel para hacerlo? Y, ¿qué hacer mientras tanto para ayudarle a conseguirlos?), es condenarse a no comprender nunca cómo funciona y ponerse a sí mismo en una posición potencialmente traumatizante.
Todo el que haya experimentado las caídas aceptando totalmente la dinámica de la acción guiada por la técnica y valores del Aikido y dejándola pasar por su cuerpo, sabe lo liberador y placentero que es. El “misogi” (purificación) puede entonces inundar a los actores, exorcizar sus miedos y frustraciones, purgarlas aquí y ahora.
Uke y Tori comparten la responsabilidad de reunir las condiciones donde evolucionarán en Aikido y, desde este punto de vista, el ver a dos compañeros experimentados incapaces de trabajar juntos o practicando con desidia, sin poder en ningún momento hacer emerger el Aikido en ellos y entre ellos, es a veces un espectáculo lamentable. Y más, cuando estaríamos en nuestro derecho de esperar de ellos que dieran ejemplo y que se alimentaran mutuamente.
O también de ver a un practicante avanzado que crea una situación imposible de resolver para el nivel o el tamaño de su compañero en lugar de ayudarle, a pesar de todo, a hacer algo que evoque al Aikido, no haciendo de esta manera más que multiplicar las ocasiones fallidas y aumentar la frustración.
Quid de la adaptabilidad de Tori
Pero, podríamos decir, ¿no es Tori el que debe de imponerse y hacer respetar las condiciones de factibilidad de éste o aquel esquema? Sí, por supuesto. Por su parte. Pero Tori no puede hacerlo todo y la situación de trabajo se crea entre dos. Porque se trata de una situación de trabajo y no de un test vital. Conviene por lo tanto aclarar las cosas: Estamos hablando actualmente en el marco del “Ippan geiko” que podemos sin duda traducir por “trabajo de base”, aunque no sea su sentido literal. Es el marco más habitual de nuestra práctica donde los participantes se aplican en reproducir y experimentar un esquema técnico que les ha sido propuesto por el Sensei y que se trata de comprender para acapararse de él, conformemente a un primer sentido de la palabra “keiko” (práctica) en la cual encontramos la idea de repetir para comprender. ¿Y no será viviéndolo en las condiciones en las que se justifica y se expresa plenamente donde podremos apropiarnos de él verdaderamente?
Pero, ¿Qué hay entonces de la adaptabilidad, de la respuesta pertinente e instantánea a cualquier eventualidad, de la armonización inmediata que el Aikido reivindica e intenta desarrollar? Porque el objetivo de todo este trabajo técnico… ¿No es el de olvidar y sobrepasar todos estos esquemas con el fin de adquirir una manera de ser capaz de optimizar cualquier situación?
Pues bien, justamente esta adaptabilidad va a forjarse en la vivencia y la experiencia de “la técnica ideal”. Y es porque habremos integrado la lógica plena y completamente de un esquema que percibiremos en el instante preciso que las condiciones de expresión no estarán reunidas y, por lo tanto, que tocará adaptarse. Porque, ¿cómo sentir que hay que adaptarse, encadenar, variar, si solamente hemos vivido esta o aquella técnica en condiciones inadecuadas, o, que para “conseguirla” hemos tenido que obstinarnos y olvidar los principios fundamentales para forzar la técnica en un marco que ya no era el adecuado?
Entonces sí, por supuesto, hay que diversificar las formas de práctica para variar los espacios donde esta adaptabilidad podrá cultivarse. De hecho, la necesidad de adaptación y, por lo tanto, de escucha de la realidad en el intercambio está siempre más o menos presente en la diversidad de comportamientos espontáneos y no voluntarios de los compañeros y que deberemos tener en cuenta. Pero conviene también suscitar de manera deliberada, ya sea por medio del profesor (proponiéndolo claramente sobre un trabajo de base y de manera más libre), o por iniciativa de los protagonistas que, implícita o explícitamente, conscientemente o no, pasarán de una forma de trabajo a otra, enfrentamiento como juego o juego del enfrentamiento que en todo momento podremos invocar durante el intercambio. El vocabulario tradicional habla de “Go no geiko”: Forma de práctica donde Uke puede expresar la reactividad que él desee para complicar el trabajo de Tori, acercarle a los límites de cada esquema y llevarle a variar cuando sea necesario. Pero este “Go no geiko” no puede existir más que dependiente del “Ippan geiko” que habrá permitido vivir en el ideal del desarrollo de las técnicas y de su lógica.
Sin embargo, debemos pensar que es importarte que el practicante salga de cada clase con una vivencia globalmente positiva si queremos que el Aikido sea fiel a su objetivo de apaciguamiento y pacificación, cosa que una frustración insistente no permitiría esperar. Y esto pasa por tener un sentimiento que se incline más del lado del éxito que del lado del fracaso, incluso si estas palabras no tienen mucho sentido en nuestra disciplina. Pero pasa también, sobre todo, por la posibilidad concreta de que cada uno habremos tenido que sumergirnos en los principios y valores del Aikido, los cuales, una vez más, son la expresión de las fuerzas vivas y que sólo deben alimentar la motivación. Y para esto, la herramienta principal es la idealización técnica del intercambio: Intentar que la lógica Aikido funcione al máximo e irradie a aquellos que le prestan su cuerpo. Que la búsqueda del ideal se dé en la idealización del instante. Reunir en uno mismo, a cada instante, tanto Uke como Tori, las condiciones que den una oportunidad de que los valores del Aikido nos habiten.
Y no nos preocupemos demasiado en convertir la práctica en algo demasiado fácil por el esfuerzo de idealización de Uke… El Uke ideal no existe, nos esforcemos por ello o no. La naturaleza humana parece ser tal que las asperezas de cada uno no se liman por una simple aspiración al ideal, aunque sea compartida. Y habrá, sin duda, ocasiones sobre el tatami para adaptarse o intentar hacerlo y ocasiones de enfrentarse a nuestros límites como a los de los demás y no volcarse en una ilusión beata.
Franck Noël
Traducción: José María Sevilleja